Leo en la entrada 'Agricultura y ganadería en la antigua Roma' de la Wiki una cosa maravillosa, como si de una premonición se tratara: "Cuando los campesinos de ciudades sometidas eran convertidos en esclavos, lograban obtener frecuentemente su libertad y se convertían en precaristas".
(Foto: Óscar Llorens) Del mismo modo, el colaborador, después de años sin sueldo, horario ni vacaciones fijas, puede ver colmada su felicidad cuando el Señor lo llama para anunciarle que sí, que por fin, le hacen contrato. Precario, como en la antigua Roma, pero contrato al fin y al cabo.
Lo malo viene cuando el Señor le llama para decirle que fue bonito mientras duró pero que no, que no sólo no puede hacerle ese contratillo del que tantas veces habían hablado, sino que además tiene que prescindir de sus servicios. Que siempre es más fácil echar a uno que no está oficialmente ligado a la empresa.
Pero para que este post no sea del todo amargo, también hay que decir que es un chollo ser colaborador cuando uno está cobrando el paro y defraudar un poco a Hacienda, cosa que siempre le hace a uno sentirse bien -no van a defraudar sólo los partidos políticos y los ricos, ¿no?-; que es estupendo quedarse un día más de vacaciones en el mega-puente de Mayo, por ejemplo, porque 'ah, no, yo es que mañana entro a trabajar cuando quiera' y que durante este tiempo puedes hacer mil cursos para desempleados, que con suerte algún día te valen para algo.
Es una etapa y, siempre que no dure mucho, creo que todos tenemos que pasar por el momento colaborador, que si no luego llegan los periodistas aposentados que no levantan la cabeza del ordenador -y no precisamente para escribir en la maqueta-.
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